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| El pequeño escudriñaba con embeleso el regalo hecho por el padre. Un atlas mundial gigante con ilustraciones de las especies animales que habitan cada una de las regiones del globo. Entre la anchura de sus páginas, en pleno Golfo Pérsico, el niño se vio sorprendido y cautivado por una hormiga de andar dubitativo y vacilante. Derramó sobre el insecto su mirada, al tiempo que ésta entretejía los meridianos, escapaba de los leones pintados en la sabana africana, trepaba sin obstáculo Los Andes, pisaba la Ciudad del Vaticano y tomaba un descanso en alguna isla difícil de recordar. A cada paso mostraba la hormiga una sagacidad resuelta que la elevaba a la categoría de heroica. Un estruendo se produjo al dar vuelta a la página, trayendo consigo ensordecimiento y tribulación. El pequeño bajaba las escaleras de prisa, como quien siente orgullo de obedecer a su madre cuando le escucha decir en voz alta “a comer”. | | |
| Ella no danza. Ella habla. Ella escribe en un lenguaje que hemos olvidado. Es ella el lenguaje de los sueños. Rompe cada miedo mío con cada giro suyo. Ella lleva bajo su lengua un fantasma. Y en el silencio evoca las serpientes en sus manos. Ella habla y se desnuda. Es la que ama al viento, el pájaro soñante. Ella es alguien en ti y en mí que nos pronuncia y nos inventa. Es imagen del lejano tiempo, de la voz sola, la noche y su incendio. Su nombre florece caleidoscópico en el mundo Es, lentamente, quien me enmudece. | | |
| Tal es que el problema amanece y no se trata más de limitante y limitado, sino uno mismo y luego otro. Llegas con un deseo de pájaro enjaulado, soñante. Llegas, y todavía no llegas. Descubierta, me extiendes tus alas, y noto en tu pecho el peso del silencio. Interrumpida. Amaso tus piedras con tus manos, pues no soy yo sino aquello que no te alcanza. Lo viejo, el jueguito, la voz niña en la mujer latente. La viva voz en el dolor callado. El dolor de la vida en el goce de tu encuentro con lo vivo en el dolor mismo. Amanece, y tal es tal. Pero puede muy bien no ser si no queremos. En tu boca el filo que destaja el universo. En tu boca el filo, la palabra, la infancia. Inútil extensión, injustificado abuso. ¡Cómo adornas lo breve! ¡Cómo hilas lo que callas! Sentado, presencio mi ausencia bajo la lluvia de tu silencio y pienso. | | |
| El tenue gemido de un árbol imprime dulzura de madre.
Atávica, modera sus voces y gritan todas en manantial de danza.
Rebaso la paciencia de la roca pues en su agua se ilumina la armonía; tomo el fruto arcano de su lluvia rumorosa. En la quietud de su carne respira el velo y pasa mi lengua raspando vida: lamiendo el sueño de su poesía. | | |
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¿Será la tierra nubia? ¿la sombra lunática? ¿la sukkar árabe que vibra rasposa
en mis áridos labios?
¿Será que evoco lo sagrado
de la montaña si miro en sus ojos?
¿Será el eco que cae eternamente,
la lágrima del poema,
la palabra yendo
entre sus propios límites?
. . . . . .
¿Ausencia?
. . . . .
¿La raíz madre que engendra
-invisible- un consuelo de árbol?
¿La musa altiva,
el perfume frío de la boca de los bosques?
¿Flujo de agua helada
rompiendo en carcajada como en la piedra?
¿Pájaro que mira?
¿Pájaro disuelto?
¿Relámpago quieto?
¿El silencio de la realidad? ¿Un silencio de rayo?
¿Serás el aire?
¿Ligero y real?
Habitante de mi mismo,
¿eres quien alza el cielo al fin del mundo
derramando luces, sacudiendo tiempo?
¿Serás lo que se levanta
y tiembla en mi pecho?
¿Lo instantáneo y suspendido
de mi ruta larga y silenciosa?
¿estrella grácil de carne que junto a mi descansa?
¿Piedra tendida, henchida de historia
-profunda de misterio-
que en sus ojos entrecerrados
se duerme la noche?
Júbilo danzante, vorágine impertérrita
tu naturaleza es el movimiento mismo.
Movimiento en movimiento, perpetuamente,
¿cómo saber lo que eres?, ¿Con qué fin?
si mañana serás otra cosa y mía.
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